Otra de aquellas poesías de mi adolescencia incipiente. A lo Petrarca... pero con estrofas de Jorge Manrique.
LOS BELLOS JUNCALES DE JUVENTUD
Hasta de que de plata fina
vuestros sedosos cabellos
sean un día,
y la mirada cansina
añore aquellos destellos
que tenía;
Deleitaos en la fragancia
y frutos primaverales
que aparecen,
mientras estéis en la estancia
de los hermosos rosales
que florecen.
Resonará vuestra risa
en el frondoso juncal
de juventud,
hasta que el tiempo, sin prisa,
la remita al secarral
de senectud.
jueves, 20 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
Me basta
Esta poesía ha sido subida en el mismo momento de su elaboración. Contrariamente a lo que suele ser mi modo de proceder, la dedico a la persona que me proporcionó el título de la misma. Espero que te guste!
Me basta
…siento tu cálida presencia
en el ábrego aliento de la aurora…
…escucho tus susurros cariñosos
entre la blanca espuma…
…veo tus ojos -reflejos dorados-
entre el mate del trigo maduro…
…y no me basta.
No me basta ver tu alma
reflejada en las estrellas,
ni atisbar la luna en tu mirada…
…perturbar la sacra quietud
de tu estanque almibarado…
…¡no me basta!
* * *
Y sin embargo, me basta…
…notar el suave roce
–alma con alma-
de tus palabras:
“te amo…”
en el ábrego aliento de la aurora…
…escucho tus susurros cariñosos
entre la blanca espuma…
…veo tus ojos -reflejos dorados-
entre el mate del trigo maduro…
…y no me basta.
No me basta ver tu alma
reflejada en las estrellas,
ni atisbar la luna en tu mirada…
…perturbar la sacra quietud
de tu estanque almibarado…
…¡no me basta!
* * *
Y sin embargo, me basta…
…notar el suave roce
–alma con alma-
de tus palabras:
“te amo…”
lunes, 3 de noviembre de 2008
Tu voz
Una pequeña poesía que escribí hace varios años, al poco de comenzar una de mis grandes aficiones.
Tu voz
Tu voz me habla,
me envuelve,
me eleva
como una nube sobre la tierra;
te acaricio,
arrancándote
las más bellas palabras de amor.
Limitada,
sí,
y el amor no tiene límites;
pero contigo,
guitarra mía,
está mucho más cercano.
Tu voz
Tu voz me habla,
me envuelve,
me eleva
como una nube sobre la tierra;
te acaricio,
arrancándote
las más bellas palabras de amor.
Limitada,
sí,
y el amor no tiene límites;
pero contigo,
guitarra mía,
está mucho más cercano.
El crimen
Os adjunto ahora un relato corto que espero que disfrutéis; desgraciadamente, hay algunos efectos interesantes que no he podido añadir, ya que me gusta jugar con la separación entre folio y folio para crear sensaciones en el lector, y como en el blog no hay folios... sed benignos, y sobre todo, deseo que os guste.
[…]
El crimen
Salí de la habitación sin rumbo fijo, embriagado de horror por lo que había hecho. Dando tumbos, traspasé el umbral de la puerta y recorrí el corto espacio que me separaba de las escaleras. Todo mi cuerpo temblaba. Un súbito mareo con retortijón de tripas me produjo náuseas, y agarré a la barandilla para mantener el equilibrio. Lentamente, sopesando en mi mente la acción que acababa de realizar, descendí hasta la planta baja. Escalón a escalón. Pensamiento a pensamiento. Recuerdo a recuerdo…
Una vez abajo, recompuse la máscara de felicidad habitual, y saludé cortésmente, casi jovialmente, a la portera del edificio. Me devolvió el saludo con la mirada, apenas levantando los ojos del periódico. Era una de sus miradas habituales, pero a mí se me antojó en el fondo un tono de reproche. El corazón me dio un vuelco al acelerarse. ¿Lo sabría?
El frío aire de la tarde me golpeó la cara al abrir la puerta de la calle, como una bofetada de indignación. El cielo, plomizo, amenazaba lluvia, y parecía que, al igual que mi alma, en cualquier momento se echaría a llorar.
Me arrebujé en mi gabardina, tratando de ahogar los sentimientos que me impulsaban a volver. Apresuradamente, dirigí mis pasos hacia el parque. La calle estaba casi desierta; probablemente, nadie querría salir fuera del hogar en un día tan aciago como este.
Entre los árboles, no se escuchaba más que el roce de mis zapatos sobre la arena. Tras caminar unos minutos, me senté finalmente en uno de los bancos de madera, junto al estanque.
No podía más. La conciencia me atenazaba la garganta con el sentimiento de culpa, que iba creciendo dolorosamente. En la soledad, me daba cuenta del alcance real de mi crimen.
Todo mi ser clamaba por haber permitido semejante abominación, y cuerpo y alma vaciaron con un fuerte grito toda su ira. Después, con el paso del tiempo, cielo, cuerpo y alma derramaron en lágrimas su compunción.
Al filo de la noche, la luna revistió de plata y esmeralda la daga asesina, única superviviente del drama vivido.
* * *
Estimado Mr. Henry:
Habiendo leído atentamente el texto propuesto por usted para su publicación en esta editorial, no acierto a comprender qué extraña circunstancia le ha podido impulsar para escribir un relato de estas características. Procedo a expresarle mi particular opinión sobre algunos puntos:
En primer lugar, quisiera hacerle notar que el final es realmente descorazonador. ¿Qué insospechado motivo podría haber hecho a Mr. Casewell terminar de esta forma con la vida del ser que más quería en este mundo? La novela, me temo, no aporta las luces necesarias para dilucidar las causas de su arrebato pasional.
En segundo lugar, sería conveniente, a mi juicio, modificar algunos términos que pueden conducir al lector a equívoco en determinados pasajes. Por ponerle un ejemplo: cuando usted expresa, en el último capítulo, que En la soledad, me daba cuenta del alcance real de mi crimen, creo que no ando descaminado si le digo que, en caso de leerse el capítulo por separado, es posible dar a entender algo completamente distinto a lo que usted pretende. Utilizar la palabra crimen en el contexto de la novela es ciertamente una exageración, máxime cuando luego dice, de forma explicita, la luna revistió de plata y esmeralda la daga asesina. ¿Qué daga asesina? Sin duda, debía pretender darle mayor dramatismo al capítulo final, porque si no, no lo comprendo.
Finalmente, quisiera felicitarle, después de haberle hecho estas pequeñas reconvenciones, por la idea de fondo que subyace en la novela. La historia consigue reflejar con acierto las consecuencias que conlleva poner las esperanzas, y en definitiva, el amor, en cosas banales y secundarias. Asimismo, creo que el proceso que comienza con el vacío del amor humano, y el posterior llenado con el amor hacia la planta, está muy bien narrado. Quizá haya exagerado un poco en el desenlace, cuando casi da a entender que la planta es una persona, pero en general, me gusta. Sólo una duda: cuando Mr. Casewell cuenta que me daba cuenta del alcance real de mi crimen, ¿quiere decir que finalmente se da cuenta de lo absurdo de su fijación en la planta? Principalmente, quisiera que me aclarara si la abominación por la que clama es el haber matado a la planta, o el haber puesto sus esperanzas en ella.
El próximo Jueves, 10 de mayo, estaré libre. Pásese por mi despacho y ultimaremos los acuerdos para su publicación.
Atentamente,
Harry McEnlow
Editor
El crimen
Salí de la habitación sin rumbo fijo, embriagado de horror por lo que había hecho. Dando tumbos, traspasé el umbral de la puerta y recorrí el corto espacio que me separaba de las escaleras. Todo mi cuerpo temblaba. Un súbito mareo con retortijón de tripas me produjo náuseas, y agarré a la barandilla para mantener el equilibrio. Lentamente, sopesando en mi mente la acción que acababa de realizar, descendí hasta la planta baja. Escalón a escalón. Pensamiento a pensamiento. Recuerdo a recuerdo…
Una vez abajo, recompuse la máscara de felicidad habitual, y saludé cortésmente, casi jovialmente, a la portera del edificio. Me devolvió el saludo con la mirada, apenas levantando los ojos del periódico. Era una de sus miradas habituales, pero a mí se me antojó en el fondo un tono de reproche. El corazón me dio un vuelco al acelerarse. ¿Lo sabría?
El frío aire de la tarde me golpeó la cara al abrir la puerta de la calle, como una bofetada de indignación. El cielo, plomizo, amenazaba lluvia, y parecía que, al igual que mi alma, en cualquier momento se echaría a llorar.
Me arrebujé en mi gabardina, tratando de ahogar los sentimientos que me impulsaban a volver. Apresuradamente, dirigí mis pasos hacia el parque. La calle estaba casi desierta; probablemente, nadie querría salir fuera del hogar en un día tan aciago como este.
Entre los árboles, no se escuchaba más que el roce de mis zapatos sobre la arena. Tras caminar unos minutos, me senté finalmente en uno de los bancos de madera, junto al estanque.
No podía más. La conciencia me atenazaba la garganta con el sentimiento de culpa, que iba creciendo dolorosamente. En la soledad, me daba cuenta del alcance real de mi crimen.
Todo mi ser clamaba por haber permitido semejante abominación, y cuerpo y alma vaciaron con un fuerte grito toda su ira. Después, con el paso del tiempo, cielo, cuerpo y alma derramaron en lágrimas su compunción.
Al filo de la noche, la luna revistió de plata y esmeralda la daga asesina, única superviviente del drama vivido.
* * *
Estimado Mr. Henry:
Habiendo leído atentamente el texto propuesto por usted para su publicación en esta editorial, no acierto a comprender qué extraña circunstancia le ha podido impulsar para escribir un relato de estas características. Procedo a expresarle mi particular opinión sobre algunos puntos:
En primer lugar, quisiera hacerle notar que el final es realmente descorazonador. ¿Qué insospechado motivo podría haber hecho a Mr. Casewell terminar de esta forma con la vida del ser que más quería en este mundo? La novela, me temo, no aporta las luces necesarias para dilucidar las causas de su arrebato pasional.
En segundo lugar, sería conveniente, a mi juicio, modificar algunos términos que pueden conducir al lector a equívoco en determinados pasajes. Por ponerle un ejemplo: cuando usted expresa, en el último capítulo, que En la soledad, me daba cuenta del alcance real de mi crimen, creo que no ando descaminado si le digo que, en caso de leerse el capítulo por separado, es posible dar a entender algo completamente distinto a lo que usted pretende. Utilizar la palabra crimen en el contexto de la novela es ciertamente una exageración, máxime cuando luego dice, de forma explicita, la luna revistió de plata y esmeralda la daga asesina. ¿Qué daga asesina? Sin duda, debía pretender darle mayor dramatismo al capítulo final, porque si no, no lo comprendo.
Finalmente, quisiera felicitarle, después de haberle hecho estas pequeñas reconvenciones, por la idea de fondo que subyace en la novela. La historia consigue reflejar con acierto las consecuencias que conlleva poner las esperanzas, y en definitiva, el amor, en cosas banales y secundarias. Asimismo, creo que el proceso que comienza con el vacío del amor humano, y el posterior llenado con el amor hacia la planta, está muy bien narrado. Quizá haya exagerado un poco en el desenlace, cuando casi da a entender que la planta es una persona, pero en general, me gusta. Sólo una duda: cuando Mr. Casewell cuenta que me daba cuenta del alcance real de mi crimen, ¿quiere decir que finalmente se da cuenta de lo absurdo de su fijación en la planta? Principalmente, quisiera que me aclarara si la abominación por la que clama es el haber matado a la planta, o el haber puesto sus esperanzas en ella.
El próximo Jueves, 10 de mayo, estaré libre. Pásese por mi despacho y ultimaremos los acuerdos para su publicación.
Atentamente,
Harry McEnlow
Editor
lunes, 20 de octubre de 2008
El árbol centenario
Uno de mis primeros sonetos, escrito a los catorce años
El gran tronco del árbol centenario
oscila sin fuerzas presto a ceder
a la luz parda del atardecer
que ilumina su talle extraordinario.
Chasquido a chasquido se va quebrando
mientras recuerda cuando era un retoño
y era feliz con las lluvias de Otoño
cuando la lluvia saltaba cantando.
El árbol se rompe con gran estruendo
y al húmedo suelo cae, ya sin vida,
mientras los rayos de sol van muriendo.
Y en el suelo del campo, carcomido,
yace muerto el gran árbol centenario
sumido para siempre en el olvido.
El gran tronco del árbol centenario
oscila sin fuerzas presto a ceder
a la luz parda del atardecer
que ilumina su talle extraordinario.
Chasquido a chasquido se va quebrando
mientras recuerda cuando era un retoño
y era feliz con las lluvias de Otoño
cuando la lluvia saltaba cantando.
El árbol se rompe con gran estruendo
y al húmedo suelo cae, ya sin vida,
mientras los rayos de sol van muriendo.
Y en el suelo del campo, carcomido,
yace muerto el gran árbol centenario
sumido para siempre en el olvido.
El rey: una muerte épica
Esta poesía la escribí con catorce años, con intención de fundir la épica de la temática con la forma solemnísima de las coplas de pie quebrado.
En el ocaso sombrío
todo el mundo se estremece
sollozando,
pues el último gran rey
abandona su morada
expirando.
Majestuoso observó
con infinita bondad
atardecer,
a la ciudad orgullosa
que en una tarde lluviosa
le vio nacer.
Los sabios profetizaron
que iba a tener muchos dones
en cuantía,
siendo el dueño poderoso
de la última gloriosa
dinastía.
En el campo de batalla
el refulgir de su espada
destacaba,
centelleaban sus ropas
mientras el sol los ojos
le brillaba.
Con los hombres era justo
y problemas resolvía
con gran calma
a los pobres ayudaba
y los males le dolían
en el alma.
Pero la muerte llegó
y su destino aceptó
sin vacilar,
el más grande soberano
que su gran pueblo pudiera
recordar.
Una aureola de luz
le rodea todo el cuerpo
atestiguando,
la santidad de las obras
que realizó con esfuerzo
gobernando.
Los poetas y juglares
cantan las grandes victorias
del pasado,
mientras que el augusto rey
yace en un lecho de flores
acostado.
Lo ponen en una barca
con las armas a los pies
reposando,
y lo abandonan al mar
su nueva regia morada
suspirando.
Y la corona ceñida
en sus cabellos de plata
refulgiendo,
se aleja en el ancho mar
mientras los rayos de sol
van muriendo.
En el ocaso sombrío
todo el mundo se estremece
sollozando,
pues el último gran rey
abandona su morada
expirando.
Majestuoso observó
con infinita bondad
atardecer,
a la ciudad orgullosa
que en una tarde lluviosa
le vio nacer.
Los sabios profetizaron
que iba a tener muchos dones
en cuantía,
siendo el dueño poderoso
de la última gloriosa
dinastía.
En el campo de batalla
el refulgir de su espada
destacaba,
centelleaban sus ropas
mientras el sol los ojos
le brillaba.
Con los hombres era justo
y problemas resolvía
con gran calma
a los pobres ayudaba
y los males le dolían
en el alma.
Pero la muerte llegó
y su destino aceptó
sin vacilar,
el más grande soberano
que su gran pueblo pudiera
recordar.
Una aureola de luz
le rodea todo el cuerpo
atestiguando,
la santidad de las obras
que realizó con esfuerzo
gobernando.
Los poetas y juglares
cantan las grandes victorias
del pasado,
mientras que el augusto rey
yace en un lecho de flores
acostado.
Lo ponen en una barca
con las armas a los pies
reposando,
y lo abandonan al mar
su nueva regia morada
suspirando.
Y la corona ceñida
en sus cabellos de plata
refulgiendo,
se aleja en el ancho mar
mientras los rayos de sol
van muriendo.
jueves, 16 de octubre de 2008
Poesía
En los pilares de la fantasía,
en la frescura y fuerza de las olas,
en la fragancia de las amapolas;
en esos sitios surgió la poesía.
Por más que el mundo cambie sin cesar,
poesía seguirá con esplendor,
pues poesía es alegría y dolor,
lo pasado y lo que habrá de pasar.
Por mucho que se vayan cosas buenas,
por mucho que se sufra en el futuro,
la poesía mitigará las penas.
Y cuando el sufrimiento haya pasado
y la esperanza vuelva a resurgir,
será la poesía, que ha triunfado.
en la frescura y fuerza de las olas,
en la fragancia de las amapolas;
en esos sitios surgió la poesía.
Por más que el mundo cambie sin cesar,
poesía seguirá con esplendor,
pues poesía es alegría y dolor,
lo pasado y lo que habrá de pasar.
Por mucho que se vayan cosas buenas,
por mucho que se sufra en el futuro,
la poesía mitigará las penas.
Y cuando el sufrimiento haya pasado
y la esperanza vuelva a resurgir,
será la poesía, que ha triunfado.
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